una introducción al cristianismo (1)
septiembre 12, 2013 § Deja un comentario
Para muchos la experiencia de Dios es semejante a la de una mujer enamorada: durante los primeros días, el hombre es, literalmente, una aparición. La mujer se siente fascinada por la irrupción del otro. Hay un antes y un después. Hay revelación. En este sentido, el vínculo que pueda tener con él se muestra como perteneciente a otro mundo. Hay vida más allá de lo prosaico. Sin embargo, tan solo hace falta que pasen unos cuantos meses para que la fascinación ceda a las exigencias del (con)trato. Y es aquí donde los amantes, en el mejor de los casos, se esforzarán por preservar la experiencia fundante. Se imponen, así, las tareas de mantenimiento, se impone el ritual. Ahora bien, todo esto aún no es cristiano, sino en cualquier caso religión. Para la sensibilidad religiosa, las visiones de los enamorados serían el índice de una verdad que el mundo acaba por enmascarar, por no decir embrutecer, la verdad que se muestra, por ejemplo, en las películas románticas. De lo que se trataría, pues, es de mantenerse cerca de esa verdad que, por los motivos que sean, no parece que pueda realizarse fácilmente en nuestro mundo. De lo que se trataría es de evitar, en la medida de los posible, la caída en el tiempo. Los orígenes son puros y el tiempo es la corrupción de lo originario. Ahora bien, esta es una manera mítica de ver las cosas. Desde la óptica cristiana —desde una sensibilidad antimítica—, la fascinación de los primeros días, en cualquier caso, se revela como un simulacro, como una imagen de la alteridad, al fin y al cabo, como ilusión. Pues no hay de hecho alteridad en quienes representan una figura arquetípica. O dicho de otro modo, no hay alteridad en el fantasma. Como decíamos, un fantasma es una imagen de la alteridad y, por eso mismo, no puede encarnala. Tan solo hace falta que nos acostumbremos a él para que se desvanezca su poder sobre nosotros. Por eso el otro nunca se revela como poder, sino como aquel que nos invoca. Un poder subyuga, absorbe, pero no invoca. Desde una óptica cristiana, la genuina alteridad no podrá mostrarse mientras sigamos bajo el poder de fascinación de las figuras arquetípicas, el poder del fantasma. Desde la óptica cristiana, no hay fantasmas que valgan. El cielo tiene que caer sobre nuestras cabezas, para que el otro emerja de las cenizas del dios. No hay otro que no sea inalcanzable. Y lo inalcanzable del otro es, precisamente, su indigencia, su falta de ser, esa pobreza que nos invoca eternamente desde el más allá de las apariencias, la miseria que, salvo patología, en modo alguno cabe desear. Los amantes tienen que fracasar para que puedan, de hecho, amarse. El antes y el después no se da en los inicios. O mejor dicho, el verdadero inicio no se da en los primeros días, sino en los tiempos de crisis. El amor es el abrazo de los náufragos. Y el resto es por-venir.