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septiembre 14, 2013 § Deja un comentario
Las catequesis del cristianismo progre es, de facto, una catequesis del buenrollismo. Aquí lo de menos suele ser la confesión y lo de más aquello de ser buenas personas. Así, da igual si unos creen que Dios es Jesús o la atmósfera misteriosa del Reiki. Lo importante es ir por ahí emitiendo buenas vibraciones y colaborando, a ser posible, en las campañas de Navidad. Esto está muy bien, sin duda, pero uno se pregunta quién es aquel que puede decir estas cosas. Y no es aquel que sufre el infierno de un gulag. O aquellos que malviven en los puertos de desguace de la India. O quienes trabajan como esclavos en las fábricas de ladrillos de la China. O las niñas que son obligadas a prostituirse en los burdeles de Thailandia… En los infiernos de este mundo, lo importante no es ser buenas personas —el problema no es el de alcanzar una cierta plenitud—, sino salir de ahí. Esto es, la cuestión no es cómo hemos de vivir para ser felices, sino quién nos salvará. Pues no parece, a menos que trivializemos esto del Mal, que todo pase por ser buenas personas. El Mal destruye cualquier vestigio de bondad que el hombre pueda obtener por sí mismo. La única salvación procede de la bondad de Dios, aquella que encarnan aquellos hombres y mujeres que incomprensiblemente fueron capaces de bondad donde la bondad era, literalmente, inviable. Ahora bien, una de las moralejas del evangelio es que no hay práctica que pueda poner en manos del hombre esa bondad. De hecho, quienes responden a la demanda infinita de Dios no suelen ser los mejores, aquellos que se reconocen en su bondad. Por eso, quienes dicen que la confesión no importa, probablemente, no hayan experimentado la salvación o, cuanto menos, no sepan de qué va. Pues quien ha sido salvado no puede evitar proclamar el acontecimiento. Y es que el salvado está en deuda con el salvador. De ahí que el lenguaje que da fe de la experiencia de la salvación no pueda ser aquel que insiste en que lo importante es ser buena gente. Y de ahí también que el rollo cristiano no pueda integrarse en el rollo transconfesional que ahora se lleva y del que uno sospecha que se encuentra más al servicio de esos hombres y mujeres necesitados de compensar espiritualmente el vacío de una vida unidimensional, que al servicio de la verdad de Dios.