una introducción al cristianismo (2)
septiembre 14, 2013 § Deja un comentario
Tendemos a imaginarnos a Dios como si fuera un ente superlativo, algo semejante a nosotros pero a lo grande. El rasgo distintivo de la divinidad siempre fue la desmesura, el exceso, el gigantismo. En este sentido, Dios sería, literalmente, insoportable. Dios en cualquier caso (nos) puede. Da igual de qué poder se trate. Da igual que el poder de Dios se entienda como el que provoca las tempestades o como el poder mismo de la bondad. Pues mientras concibamos a Dios en clave de poder seguiremos en la órbita del paganismo. En realidad, Dios es un contrapoder. No otra cosa viene a decirnos el dogma cristiano de la Encarnación. Así, un cristiano debería imaginar a Dios como si fuera algo muy frágil que se deposita en sus manos y que es necesario preservar. O como un niño —o un cordero— en el país de los orcos, cuya vida hay que salvar a toda costa. Pues el hombre se salva cuando salva al Dios que se pone en manos del hombre. De ahí que los primeros cristianos dijeran, de un modo u otro, aquello de que Dios se hizo debilidad para que el hombre pudiera vivir la vida de Dios. Y de ahí también que Dios se identifique con la fragilidad de las vidas amenazadas por el Mal o, mejor dicho, que Dios en verdad solo sea en esas vidas. Ahora bien, es obvio que este Dios no es el dios bajo el que se hallan quienes poseen una típica sensibilidad religiosa. Estos aún pueden preguntarse si existe o no el dios que presuponen, mientras que para un cristiano dicha pregunta carece de sentido. Y no porque den a Dios por supuesto, sino porque Dios se encarnó en quien fue crucificado en nombre de Dios, al fin y al cabo, en su lugar. O, por decirlo en trinitario, porque Dios no sobre-vive a la Cruz —porque no vive por encima de ella—, los hombres pueden habitar en el espíritu de Dios, el cual debe comprenderse, precisamente, como el espíritu que sobrevive a la Cruz, esto es, que vive más allá de ella. Dios se entrega, así, en la Cruz para que Dios pueda darse como el espíritu de la fraternidad, el por-venir, la esperanza del hombre.