el mediador
septiembre 23, 2013 § Deja un comentario
Contra lo que podamos suponer inicialmente, la figura de un mediador divino entre Dios y el hombre no es una figura extraña al monoteísmo bíblico. Al contrario. Se trata, podríamos decir, de una exigencia interna al hecho de encontrarse sometido a la radical trascendencia de Dios. Pues, un Dios que permanece fuera de la Creación, al margen de lo que esto pueda significar con respecto a la idea misma de «Dios», es por definición un Dios que no puede dirigirse directamente a los hombres. Desde Metratron hasta el Logos, el imaginario judío está lleno de mediadores que, cuanto menos, participan de la naturaleza divina. Aquí conviene destacar que no estamos hablando de aquellos hombres de Dios que, como Elías o Amós, median desde el lado del hombre, sino de la mediación comprendida desde el lado de Dios. Al fin y al cabo, el monoteísmo bíblico tenía que lidiar con el presupuesto religioso de la época, a saber, aquel que da por hecho que entre el más allá y el más acá hay un continuo trasvase de información. Ahora bien, dejando a un lado el carácter problemático de la noción de participación, lo cierto es que lo que no se espera de un mediador divino es que muera y, mucho menos, que muera colgado de una cruz como maldito de Dios. De ahí que uno no pueda entender el evangelio de Juan como un intento, entre otros, de exponer la figura de un mediador divino. El marco conceptual es, ciertamente, el mismo que el que encontramos, por ejemplo, en el libro de Enoc, pero la operación que se realiza en él no es la misma. Juan emplea el mismo lenguaje para decir lo que ese lenguaje no puede admitir. La muerte ignomiosa del enviado constituye de por sí una revelación sobre Dios mismo. O, por decirlo con otras palabras, dicha muerte afecta al significado típicamente religioso del término «Dios», de tal modo, que no podamos ya concebir a Dios al margen del Crucificado. Probablemente se equivocan quienes leen a Juan desee una óptica estrictamente moral, como si, al fin al cabo, la única moraleja fuera que los hombres son incapaces de admitir al Hijo de Dios. Si fuera así, la Cruz perdería su carácter revelador, para simplemente confirmar, una vez más, lo que ya sabíamos desde el tiempo de los profetas.