teo-sofía
septiembre 25, 2013 § Deja un comentario
¿Es la teología, en tanto que saber acerca de Dios, un estupendo oxímoron? Uno, a veces, no puede evitar la impresión de que efectivamente lo es, sobre todo, cuando el teólogo se llena la boca sobre la naturaleza de Dios. Pues de Dios, ni siquiera podemos de decir que existe —más bien lo contrario—, aunque si no podemos decirlo es porque tan solo Dios es. Ahora bien, si esto es así, entonces la teología quizá debería asumir dos cosas, a saber: en primer lugar, que su discurso sobre Dios es legítimamente más deconstructivo que constructivo, esto es, que acaso a la hora de hablar de Dios solo podamos hacerlo propiamente del significado de la palabra «Dios» y ello frente a las pretensiones religiosas de quienes dan por hecho que la divinidad es un poder que interviene en el mundo desde la dimensión desconocida; y, en segundo, que todo cuanto podamos decir de Dios, estrictamente, lo decimos de la experiencia creyente de Dios. O, por decirlo de otro modo, que cuando decimos, pongamos por caso, que Dios es el que llama, lo que estamos diciendo en verdad es que uno experimenta la llamada de Dios donde topa con el hecho —pétreo, inamovible, imperceptible— de que Dios es, sencillamente, el que es. Todo cuando podamos decir de Dios se desprende del hecho que de Dios no podemos decir nada, salvo que es. Todo cuanto podamos decir de Dios no pertenece a Dios, sino a lo debido en nombre de Dios. Si Dios se ofrece como el (pobre) que nos invoca es, precisamente, porque Dios se encuentra, en sí mismo, más allá de su llamada. Y de ahí que de Dios no tengamos, desde esta óptica, otra cosa que su invocación. O, por decirlo en bíblico, porque Dios es simplemente el que es, Dios siempre se da como (el) otro, en concreto, como el sin-Dios.