makarios

septiembre 27, 2013 § Deja un comentario

Para entender un texto, lo hemos dicho unas cuantas veces, hay que tener presente qué podría haber dicho… y no dice. Por ejemplo, las bienaventuranzas. En el contexto de la típica sensibilidad religiosa, el bienaventurado es el que cumple con las prescripciones de la divinidad al uso. Así, en la biblia hebrea tenemos que es dichoso quien teme a Yavhé. En la misma linea, los comentaristas del Corán suelen decir que la dicha está reservada a quienes se afianzan en Allâh. Como es sabido, en la literatura helena, los bienaventurados eran, originariamente, los dioses —o los muertos—, pues solo ellos estaban exentos de dolor. Posteriormente, bienaventurado pasa a ser sinónimo de afortunado. Un afortunado es aquel que posee la fortuna (la suerte) del dios. Sin embargo, Jesús de Nazareth suelta aquello de que tan solo los pobres son afortunados. ¿Cómo es posible decir esto sin sonrojarse? Ciertamente, el giro que supone el sermón de la montaña (o del llano, en Lucas) con respecto al sentido primigenio de «bienaventurado» solo es viable tras la crisis de la literatura sapiencial, la cual se expresa sin ambages en el libro de Job: el Mal es excesivo como para que pueda simplemente atribuirse a la desobediencia de quien lo sufre o como para que quepa comprenderlo como una prueba o purificación. Sin duda, los hombres aprenden a confiar en Dios en medio de la tribulación. Pero hay tribulaciones que nos destrozan por completo. ¿Cómo decirle a la madre de los hermanos macabeos que sus hijos fueron martirizados ante sus ojos para que pudiera seguir confiando en Dios? ¿De qué confianza se trata cuando a esta madre ya no le queda vida por delante? ¿Puede exigir Dios una confianza que raya la locura? Aquello que encontramos en el sermón de la montaña no es, simplemente, una radicalización de la confianza en Dios, sino otra versión de Dios o, por decirlo de otro modo, una transformación de la noción misma de la trascendencia de Dios. Lo que ponen en juego las bienaventuranzas es, pues, la relación de Dios con el mundo, en la línea de la tradición apocalíptica. La aparición de Dios, su presencia, su efectividad, va con el fin de los tiempos. Así, Dios no es aquel que se encuentra ahí arriba, tutelando la existencia de los hombres, repartiendo dicha a sus fieles o, en caso contrario, poniéndolos a prueba. Los tiempos de los hombres son tiempos sin Dios mediante. Los pobres son dichosos porque verán a Dios, pues en medio de la desgracia no hay, literalmente, gracia, bendición, dicha. En este sentido, quien se encuentra en manos de Dios, no se encuentra en manos de un titiritero espectral, sino en manos de un Dios que aparecerá al final de los tiempos, un Dios por-venir. El pobre —y solo él— se halla en la situación de permanecer a la espera de Dios. El sermón de la montaña es literalmente revolucionario: como si Jesús, a la manera de un Lenin judío, les hubiera dicho a los lumpen de Galilea que la toma del palacio de invierno era inminente. Y que ellos serían los primeros en entrar. De este modo la experiencia de Dios ya no puede darse bajo el presupuesto, típicamente religioso, de la división geográfica entre dos mundos. La división que hace posible el lenguaje sobre Dios es la de los tiempos. Pues solo en los tiempos de Dios —aquellos en los que los hombres ya no tienen vida por delante, en los que el mundo deja de ser una posibilidad—, puede Dios aparecer como el espíritu —el poder— de la fraternidad.

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