Jn 1:1 (1)
octubre 4, 2013 § Deja un comentario
El primer versículo del evangelio de Juan es ciertamente extraño. Como hemos dicho muchas veces, para comprender el alcance de un texto hay que tener presente que podría o, incluso, debería decir y no dice. Aquí lo que escribe Juan es lo siguiente: «al principio era la Palabra…» ¿Por qué esto resulta tan extraño? Mejor aún: ¿por qué acaso debería entenderse como una provocación? El judaísmo de la época, como es sabido, admitía, mejor dicho, exigía la figura de una mediador divino que, por decirlo de algún modo, garantizase la comunicación entre Dios y los hombres, pues, por definición, no es posible tratar con un Dios cuya trascendencia es tan radical que, por encontrarse, se encuentra fuera de todo cuanto existe. De ahí que la relación creyente con Dios solo fuera posible con aquel que lo representa. Figuras como Metatron o Enoc cumplían esta función. También la cumplía la figura del Logos (la Palabra o el Verbo de Dios) que vendría a ser algo así como una personificación de la sabiduría conforme a la cual fue creado el mundo. La figura del mediador sería, pues, la de aquel que ocupa, en el tiempo de los hombres, el lugar de Dios. En este sentido, un judío diría que uno solo se encuentra prácticamente sometido a Dios donde se encuentra sometido, por ejemplo, al Logos de Dios. La experiencia directa de Dios es la experiencia de aquel que sufre en sus carnes el silencio que abraza la Creación y la mantiene, como quien dice, en vilo, a la espera de una resolución. La experiencia directa de Dios es, así, concomitante con la experiencia de un mundo sub iudice. Pues la última palabra, desde la ópica judía, aún no ha sido pronunciada. Ahora bien, judíamente, la experiencia de Dios no se agota en la experiencia directa de Dios. Esta esta, de hecho, reservada a unos pocos. La experiencia de Dios es, para la mayoría de los creyentes, la experiencia de lo debido a Dios. Así la mayoria de quienes creen experimentan indirectamente a Dios cuando se sienten, por ejemplo, formando parte del plan de Dios. En términos de Juan: por la mediación del Logos. Pues bien, teniendo esto en cuenta los contemporáneos de Juan quizá debieron quedarse un tanto sorprendidos cuando Juan coloca, de entrada, al Logos en lugar de Dios. Pues aquí lo normal hubiera sido decir: «al principio era Dios y la Palabra estaba junto a Dios…» en vez de decir lo que dice: «al principio era la Palabra, etc». Juan dispara con munición de alto calibre cuando coloca a la Palabra en lugar de Dios. Ciertamente, aquí podríamos decir que Juan no pretende ser tan revolucionario; que, sencillamente, está reescribiendo el Génesis desde una óptica cristológica, queriendo dar a entender que el primer vérsiculo de la Biblia, a saber, «al principio, Dios creó…» debería leerse en la clave que proporciona la figura del mediador divino, en la línea de lo que encontramos en el himno de la carta a los Filipenses: todo fue hecho con vistas a la Encarnación. Ahora bien, aun cuando esto sea así, lo cierto es que la trascendencia de Dios difícilmente puede seguir concibiéndose a la religiosa donde ésta se experimenta en clave cristológica. Sin duda, dicha trascendencia queda subrayada donde los hombres solo podemos tener de Dios aquello que, en nombre de Dios, se da en lugar de Dios. De ahí que el primer versículo del prólogo del evangelio de Juan no trate tanto del Logos como de Dios. O, mejor dicho, diciendo lo que se dice del Logos aquello de lo que se trata, en último término, es de Dios, de su naturaleza. Hasta aquí nada que no pudiera firmar un judío. Sin embargo, si de Dios, en sí mismo, tan solo podemos decir que es, entonces, cuando nos preguntamos por su naturaleza, según Juan, tan solo podemos decir una sola cosa, a saber: que pertenece a la esencia misma de Dios su darse como Crucificado en nombre de Dios. Esto es, que la Encarnación no es algo que se añade al ser de Dios como si fuera una posibilidad entre otras. Deberíamos, más bien, decir lo contrario: que no hay Dios al margen de su entrega. Y esto, ciertamente, no es algo que quienes poseen una típica sensibilidad religiosa puedan fácilmente admitir.