Lourdes o la fe

octubre 5, 2013 § Deja un comentario

Como sabemos, la fe, la esperanza y la caridad van de la mano. Otra cosa es que, por lo común, creamos tener fe a pesar de que nuestra esperanza sea de cartón piedra o nuestra caridad sea, sencillamente, inexistente. Pero esto solo demuestra nuestra incapacidad para la verdad de Dios. Lourdes, el santuario mariano, puede darnos una pista de por dónde van los tiros. Así, de entrada, uno no puede evitar la impresión de que estamos en el disneylandia de la superstición católica. Sin embargo, no todos los casos pueden comprenderse bajo el sello de la superstición. Lo sorprendente es que, en medio de la fanfarria religiosa, hay quienes confían ciegamente en que su hijo se curará, aun cuando ya no puedan concebir dicha curación. Su esperanza en realidad no depende de ninguna expectativa, ni siquiera religiosa: esperan, sencillamente, lo imposible (y, por tanto, increíble). Las expectativas pertenecen al hombre, a su posibilidad. Las expectativas siempre se sostienen sobre la imagen de un deus ex machina. En cambio, la esperanza creyente nace donde los hombres ya no pueden hacerse una idea de Dios. En los términos de Pablo, contra toda expectativa. Ahora bien ¿cómo es posible esperar lo imposible? Mejor dicho: ¿quién puede esperar absurdamente? ¿Ateos en Lourdes? Aquí vale aquello de si no lo veo, no lo creo. Pues lo cierto es que hay quienes creen en la sanación del hijo, no porque sea religiosamente concebible, sino porque su hijo debe sanar, aun cuando no pueda, en nombre de una vida, la del hijo, que les ha sido dada desde el vacío que rodea el mundo de los hombres. Esta y no otra es la posición creyente: el hijo, el malnacido, debe sanar contra toda expectativa solo porque su vida es debida a Dios, mejor dicho, porque su vida les ha sido dada a los padres desde la des-aparición de Dios. El imperativo va con el don. Por eso, la muerte del hijo no puede refutar la esperanza, sino, en cualquier caso, mantenernos en la perplejidad de Job. Una vez más, constatamos el carácter contrafáctico de todo cuanto nace de Dios. De ahí que digamos que la fe, la confianza de esos padres, no es nada sin esa esperanza, la cual, por otra parte, arraiga, no en su necesidad psicológica de que la fiesta termine bien, sino en el imperativo que va con el hecho de cargar sobre sus espaldas el cuerpo maltrecho del hijo.

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