el extravío de las CVX

octubre 12, 2013 § Deja un comentario

En el cristianismo, recuerdo y salvación se encuentran intimamente ligados. De ahí que la esperanza creyente no arraigue en la expectativa espontánea del hombre, en su necesidad de que haya un final feliz. Más bien ocurre lo contrario: la esperanza se le da al creyente en medio de su desesperación, de su incapacidad para seguir esperando. Si puede esperar es porque se le dió un motivo de carne y hueso: hubo vida donde no podía haber ya más vida; hubo misericordia donde ya no era humanamente posible. Esto es, la esperanza creyente deriva del acontecimiento. Eso que tuvo lugar se revela como lo que debe llegar a ser incondicionalmente. De ahí que los primeros grupos de creyentes estuvieran marcados por el hecho salvífico. Todo en el cristianismo es muy concreto: todo en él huele a carne. Celebrar era, en gran medida, recordar —hacer presente— lo que no debe ser olvidado. Y de ahí también que el cristianismo esté muerto en nuestras sociedades acomodadas. Pues en las comunidades de los satisfechos ya no queda nadie marcado por el acontecimiento. Nadie lo tiene presente a flor de piel. El lugar del acontecimiento lo ocupa el propio ombligo. En lugar de Dios, una especie de gusiluz. Las palabras de la celebración siguen siendo las mismas de siempre. Pero ya no muestran ninguna conmoción. En lugar de los relatos, tenemos terapias. En lugar del evangelio, manuales de autoayuda. En vez de salvación, las sensaciones propias del formar parte. Si preguntas qué mártir —qué santo— yace en el altar, nadie sabe qué decir. O lo que es peor: te tachan de retrógado. ¿Para qué un mártir, si nos basta con nuestra experiencia de Dios? Lo dicho: en vez de los conmocionados, tenemos hombres y mujeres necesitados de compensar la sequedad de una vida entregada casi por entero a la producción. Y para este viaje no hacen falta las alforjas cristianas. Es suficiente con pronunciar lentamente la sílaba Om.

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