la santidad
octubre 13, 2013 § Deja un comentario
Es obvio que a la mayoría le gustaría ser de otro modo. Nadie se gusta excesivamente a sí mismo. De ahí la común necesidad de ídolos que indiquen la meta. Un ídolo es la imagen impoluta de un modo de ser. Sabemos, sin embargo, que Narciso murió ahogado. La moraleja es inmediata: la cuestión de cómo ser no se resuelve en relación con la imagen, el ideal. Un ideal nunca cumple lo que promete. Pues, aun cuando uno acabara siendo aquello que se imaginó, al final uno siempre termina harto de sí mismo. La cuestión de cómo ser se resuelve cara al exterior, haciendo lo debido, sometiéndose, como quien dice, a un mandato extraño, al motivo de una obsesión. Los santos, por ejemplo, son lo que son porque en el momento crucial dijeron «heme aquí, qué hay que hacer», con independencia de si eran eremitas o putas. Por eso podemos sospechar que el cristianismo progre se equivoca cuando intenta transmitir la verdad creyente como si fuera un modelo de vida sobre el que uno pudiera optar como quien opta por el mejor whiskey. Los santos son inimitables. Pero no porque los santos sean de otro mundo, sino porque la santidad solo podrá darse donde uno se olvida de su interés por vivir como los santos. De lo que se trata, en cualquier caso, es de quedar atrapados por lo que les atrapó a ellos. De lo que se trata es de obedecer. Pues quizá no haya otra libertad que la que consiste en liberarse de uno mismo. El tema nunca fuiste tú.