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octubre 19, 2013 § Deja un comentario
No existe algo así como el mundo. Lo que tu seas capaz de ver dependerá del tipo de sujeto que seas. Hay, pues, tantos mundos como tipos de sujeto pueda haber. Y me atrevería a decir que básicamente hay dos: el que ve las cosas según la medida de su sensibilidad o interés y el que ve que las cosas se encuentran ahí porque en ellas late una consubstancial falta de realidad. O, por decirlo en metafísico, hay quien da por hecho que las cosas son lo que parecen y hay quien experimenta cuanto se trae entra manos como eso que tiene pendiente, precisamente, ser. Para los primeros el mundo es obvio y, por consiguiente, irrelevante. Para los segundos, el mundo es algo, ciertamente, extraño. Para los primeros, las cosas son más o menos satisfactorias. Para los segundos, el mundo por entero es un clamor. De ahí que resulte impertinente preguntarse qué hay ahí. Es evidente que para quien sea incapaz de ver y de tocar no pueden haber cuerpos y, sin embargo, haberlos, haylos. ¿Hay, por tanto, Dios? Depende de quién seas. Pero no porque esto de Dios sea algo subjetivo, como suele decirse. La disyuntiva subjetivo-objetivo no nos permite pensar hasta el final nuestra relación con lo real. Pues tal disyuntiva presupone que solo puede ser verdad lo que puede ser constatado por cualquiera con independencia de su modo de ser, de su posición vital, cuando lo cierto es que lo que en verdad acontece, pongamos por caso el déficit de realidad que sufre cualquier mundo, es algo que puede admitir cualquiera… que esté en la posición en la que debe estar para llegar a admitirla. Quien dice que Dios no existe, como quien dice que no hay más leña que la que arde, no dice tanto algo acerca de «Dios» como de sí mismo, de su incapacidad para ver más allá de sí mismo. Pero de igual modo que aquel que da a Dios por sentado, pues el dios que se da por sentado en modo alguno puede ser Dios. Dios en verdad no es divino. Tanto uno como otro —tanto el ateo de salón como el «devoto»— juegan en la misma liga, pongamos tercera regional. Tanto uno como otro permanecen ciegos al carácter de lo real. El creyente, sin embargo, como quien experimenta la realidad como aquello siempre pendiente en su experiencia de lo real, se encuentra en otro mundo. Es indiscutible, o cuanto menos debería serlo, que el creyente juega en otra cancha. Su vida se mueve en otro plano que aquellos que no hacemos otra cosa que vivir de inercia. Esto es sencillamente así. Y por eso se equivocan quienes, llenos de prejuicio moderno, comprenden la diferencia entre el creyente —o el Sócrates de turno— y el resto de los mortales como si de lo único que se tratara es de una diferencia entre preferencias. Como si unos se decantaran por el whiskey y otros por la cerveza.