comunidad y salvación

octubre 20, 2013 § Deja un comentario

Frecuentemente olvidamos que la experiencia bíblica de Dios, en tanto que común, es indisociable de la experiencia de la salvación, la cual es de entrada más física que espiritual. Dejando a un lado a los patriarcas, aquellos pocos capaces de escuchar la voz de Dios en el grito del pobre, esto es, dejando a un lado a los mediadores de la salvación, lo cierto es que para el resto del pueblo de Israel, el cual, no hay que olvidarlo, es inicialmente un pueblo sin dios, la revelación de Dios se da como la de aquel poder que salva. Dios se muestra de entrada como el origen de una salvación inconcebible desde las posibilidades de lo humano. Y decimos origen, porque la salvación comienza con una llamada insoslayable al hombre. Insoslayable e insoportable. Dios no salva a la manera de un deus ex machina. Dios no salva sin el hombre. O, por decirlo estrictamente, el poder de Dios es el poder del mandato que reclama del hombre una respuesta incondicional, un ponerse en manos del huérfano, la viuda, el extranjero… como si el llamado fuera su rehén. Así, en definitiva, hay Dios —dice el creyente— porque se nos dio la vida donde ya no podía haber vida por delante. Sin embargo, como decíamos, esto es lo que han olvidado la mayoría de las comunidades cristianas de hoy en día. Entre otras cosas, porque la mayoría de sus miembros aún pueden confiar en su posibilidad, porque la mayoría de ellos no están necesitados, precisamente, de salvación. En vez de Dios tienen un cima o, lo que acaso sea peor, un océano. Pero un dios de esta guisa no es el Dios de los desesperados, el Dios en verdad. Un dios de esta guisa ofrece, sin duda, una apariencia de salvación, una felicidad, pero no la salvación que necesitan quienes ya no pueden aspirar a ninguna elevación o profundidad. No es el Dios que se identifica con el pobre, el Dios cuya voz es la del pobre. No es el Dios que se echa en falta. Una cima —un océano— es una posibilidad del hombre, acaso su mejor posibilidad. Pero, por eso mismo, aún no es Dios. Pues la última oportunidad del hombre no es del hombre, sino de Dios. De ahí que una comunidad, en tanto que quiera seguir siendo cristiana, está obligada, como quien dice, a tener presente, cuanto menos, las experiencias de salvación que dotan de sentido al lenguaje, siempre paradójico, acerca de Dios. De lo contrario, difícilmente podrá distinguirse de una secta de onanistas espirituales, más pendientes de su ombligo que de los estómagos vaciados por el hambre.

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