original
octubre 21, 2013 § Deja un comentario
Si se tratara de ser buenos, entonces un síndrome de down sería un santo. Pero no lo es, aun cuando, en un cierto sentido, pueda representar la bondad del ángel. Sin duda, cristianamente hablando, se trata de tener un buen corazón. Ahora bien, cristianamente hablando, el hombre por sí mismo no puede transformar su corazón de piedra en uno de carne. Esto es lo que pretende reflejar la doctrina del pecado original, tan denostada en nuestros tiempos modernos, por otra parte, tan roussonianos —tan gnósticos—. Aquí no hay método —no hay ascesis— que valga. Esto sería griego u oriental, pero no bíblico. Pues bíblicamente lo que salva al hombre no es una determinada propedéutica acerca de cómo vivir, sino el poder responder a la demanda infinita de Dios. Y este poder siempre coge al hombre a contrapié. Da igual qué puedas ser. Da igual que seas fariseo o pescador, catequista o chapero. Nunca sabes cuándo ocurrirá. Lo hemos dicho muchas veces: no tienes que transformarte para ser capaz de responder a Dios. De hecho, ocurre al revés: quien puede responder acaba, con el tiempo, transformado. Basta con esto del pecado original para intuir cuanto menos que el cristianismo acaso juegue en una liga distinta a la típicamente religiosa. Pues lo que nos concierne incondicionalmente no es una naturaleza, aun cuando sea divina, sino un mandato: hay que sacar a esos hombres del hambre. O, por decirlo de otro modo, nuestra relación con Dios no es con Dios, sino con lo debido a Dios: su voz, su exigencia, su Ley. Y ello porque Dios no aparece como dios.