Jim Morrison
octubre 24, 2013 § Deja un comentario
A veces olvidamos que la pobreza es degradante. Que una cosa es la austeridad y otra la pobreza. Que nadie puede ser feliz en la pobreza, viendo como sus hijas se prostituyen o se ven obligadas a hurgar en los vertederos. Por lo común, la pobreza deshumaniza, nos convierte en alimañas capaces de cualquier cosa por un trozo de pan. El pobre es digno de compasión, pero no porque sea un pobret, no porque provoque nuestras emociones más epidérmicas, nuestra mala conciencia. Es digno de compasión porque ningún hombre debe ser menos que un hombre. Aunque sea un verdadero hijoputa. Muchos de quienes se enteraron que Manuel, el indigente que vivía en el banco de la plaza, había sido un pederasta, dejaron de echarle unas moneditas. Muchos comprendieron por qué su hermana, la cual residía en la misma ciudad, no quería saber nada de él: Manuel abusó de su sobrina de cuatro años. Para quienes ven en Manuel a un pobret, la hermana es una cabrona. Para quienes saben quién es Manuel, la hermana es simplemente una mujer que no puede olvidar lo que hizo Manuel. Normal. Ese es Manuel, el pobre, el hijoputa. El muerto. Por eso el evangelio es de escándalo cuando dice que Manuel, quien vive sepultado en su propia mierda, está más cerca de Dios —más cerca de la vida de Dios, de su salvación— que quienes están convencidos de su bondad. Pues nadie puede aceptar fácilmente que Manuel, y no la buena gente, sea un preferido de Dios. Jesús, ciertamente, hizo milagros. Pues hay que poder hacer milagros para que los manolos de la época pudieran regresar con vida del sepulcro, para que fuera posible restituirles su humanidad. De ahí que desactivemos el evangelio —que dejemos de comprender su alcance, su poder— cuando hacemos tan fácilmente del pobre un pobret. Como si el mundo fuera, al fin y al cabo, una representación dels pastorets. Como si no hubiera pecado original.