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diciembre 7, 2013 § Deja un comentario

Es posible que el monoteísmo bíblico —sobre todo el cristiano— no sea tanto un lenguaje acerca de Dios como un metalenguaje. Es posible que el hablar bíblico acerca de Dios solo pueda comprenderse como una deconstrucción de la referencia típicamente religiosa a la divinidad. La operación es semejante a la que llevó a cabo Sócrates con respecto a las grandes palabras: al final, no sabemos de qué hablamos cuando hablamos de Dios. Pues cuando, por ejemplo, definimos a Dios en relación con un determinado poder, la resultante no puede ser admitida sinceramente como Dios. Un poder es, simplemente, un poder, por muy poderoso que sea. La cuestión que aquí se plantea es qué significa estar sometido a Dios cuando no hay concepto de Dios que valga. De ahí que, como suele decir JB Metz, un creyente sea aquel que echa a Dios en falta. Todo cuanto es de Dios —incluso donde hablamos del poder, por ejemplo, de la misericordia— debe comprenderse en relación con la falta de Dios. Será cierto que la fe nace de nuestra incapacidad para seguir admitiendo que un Dios entendido como el último ente o la substancia que sostiene cuanto existe, pueda ser en verdad Dios.

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