Orígenes
diciembre 8, 2013 § Deja un comentario
El cristianismo, casi de buen comienzo, fue una interpretación de su anuncio fundamental. O, por decirlo con otras palabras, una vez los primeros cristianos caen en la cuenta de que Dios no está por ponerle un punto y final a la Historia, el cristianismo comienza a traducirse a sí mismo. Así no resulta extraño leer en muchos textos de la antigüedad cristiana aquello de que, por ejemplo, la resurrección no es en realidad lo que parece, sino el significado de la Cruz… o cosas por el estilo. Y así hasta nuestros días. La metáfora, el típico «como si hubiera habido resurrección», por no hablar de la alegoría, siempre fue el recurso de aquellos que querían seguir creyendo en lo que ya no podían creer. Pero es posible que no quepa actualizar el kerygma sin algunas dosis de mala fe. Pues lo cierto es que, despojado de la expectativa apocalíptica en un inminente final de los tiempos, el kerygma cristiano pierde buena parte de su inteligibilidad. El cristianismo fue originariamente algo tan físico, aunque ciertamente no tan violento, como la revolución bolchevique. De ahí que, una vez los hechos desmienten su principal expectativa, solo le queden dos salidas: o bien renuncia a su pretensión verdad (y se convierte en mito), o bien la espiritualiza. Y ya sabemos por dónde fueron los tiros. En cualquier caso, una buen pregunta es qué hubieran pensado Pablo y compañía, si les hubieran dicho en su momento que la resurrección, al fin y al cabo, no quiere decir otra cosa que Jesús sigue vivo en nuestros corazones. Probablemente habrían creído que para este viaje no hacen falta las alforjas del martirio.