el hoy

diciembre 19, 2013 § Deja un comentario

El creyente y el no creyente se encuentran hoy en día en la misma situación: el niño que llevan dentro aún invoca —el niño siempre va a su aire—, pero saben que honestamente no pueden suponer que haya nadie ahí arriba. Tanto uno como otro saben que la visión de un mundo en donde la divinidad tutela la existencia de los hombres es demasiado estrecha, mejor dicho, demasiado increíble para el individuo contemporáneo, sobre todo si se tiene en cuenta la inaceptable inmensidad del cosmos o los hallazgos de la mecánica cuántica sobre la noción misma de lo real. Sin embargo, el creyente, al igual que el viejo Job, no cree a pesar de este saber, sino por ese mismo saber. La posibilidad del dios de la religión es tan increíble hoy como lo fue para el mismo Job. Pues la fe no es antes que nada una suposición. En verdad, la fe se constituye a lomos de la inviabilidad de cualquier suposición acerca de Dios. Lo hemos dicho muchas veces: un creyente es aquel que se encuentra sometido al Mandato que se desprende de la imposibilidad de suponer algo acerca de Dios, del imperativo —la voluntad— que nace del hueco que deja un dios imaginado o supuesto. La relación con Dios nace, en realidad, de la quiebra de cualquier relación con Dios. No es casual que, judíamente, el creyente esté sometido al impronunciable nombre de Dios y no a las fuerzas con las que tradicionalmente se identifica la divinidad.

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