Jeremías

diciembre 27, 2013 § Deja un comentario

¿Cómo entender el dolor de YWHW sin hacer de YWHW un fantasma que sufre? ¿Un Dios sufriente, un Dios capaz de compadecerse de los hombres, no es acaso, para quienes sepan qué significa la palabra «dios», un Dios enajenado, un Dios que ha perdido el norte de la divinidad? ¿Qué diríamos de un hombre que hubiese perdido el sueño para siempre porque sus hijos exterminaron a las hormigas del jardín? ¿Podemos hablar del sufrimiento de Dios sin caer, de nuevo, en el mito? Quizá leamos mal cuando hacemos del dolor de Dios un afecto de Dios. Es posible que los autores bíblicos cuando atribuyen a Dios lo que en modo alguno puede atribuirse a un dios, no estén descubriendo propiamente una nueva divinidad, sino alterando significativamente el significado de la palabra «Dios». Como si, en definitiva, utilizaran la palabra «Dios» para decir que «Dios» no puede darse como dios. O, por decirlo en otros términos, que la relación con Dios no puede comprenderse como una relación significativa, aquella que tenemos cuando damos paganamente a Dios por supuesto. Si Dios sufre es que Dios en verdad no es dios. Un Dios que sufre es como el hombre insomne del jardín, un Dios que ya no puede valer como dios. Un Dios que sufre es, en definitiva, un Dios que renuncia a ser dios para que los hombres caigan en la cuenta de una vez por todas del carácter sagrado del no matarás.

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