estoicismo
enero 2, 2014 § Deja un comentario
Epícteto decía de sí mismo que, viejo y desvencijado, no podía hacer otra cosa que cantar a Dios. También creía que «ningún hombre es huérfano, sino que existe un Dios que cuida de todos, buen rey y padre verdadero, pues nuestras almas están tan estrechamente ligadas a Dios, como porciones o centellas suyas que son». Por si fuera poco, asumió el lema cínico de hacer el bien al enemigo, de amar incluso a quien le azotaba. ¿Fue Epicteto un cristiano? O mejor dicho, ¿deberíamos admitir al cristianismo como una variante del estoicismo más cínico? La respuesta sería obvia, si el cristianismo fuera simplemente un ethos, una vía para alcanzar una mayor libertad o integridad. Si no fuera, en definitiva, por el novum cristiano acerca de Dios, el cristianismo sería ciertamente homologable. Pero el cristianismo no hace de Jesús un ejemplo de Dios, sino que hace de Dios un crucificado en nombre de Dios. Así pues, difícilmente captamos dicho novum, si perdemos de vista que la experiencia cristiana de Dios —y, por consiguiente, su ethos— pasa por el fracaso del hombre de Dios, al fin y al cabo, por el abandono de Dios, por su des-aparición. En este sentido, el Dios cristiano no puede comprenderse como el vértice del cosmos, ni siquiera como su sustancia. De ahí que Dios, en verdad, no pueda integrarse en una cosmovisión. Dios, cristianamente hablando, solo puede darse como el por-venir mismo de Dios.