el designador rígido de Dios

enero 11, 2014 § Deja un comentario

En el judaísmo antiguo, solo el tetragrama (YWHW) y el término Adonai, que los Setenta, tradujeron como Señor, funcionan como nombres de Dios. El resto de las expresiones —desde «Padre» a «Creador»— funcionan como un intento de exponer qué pueda ser Dios a partir de la experiencia de Dios que tuvieron los patriarcas de Israel. No casualmente, el judaismo antiguo habla de Dios en los términos del Dios de Abraham, Isaac, Jacob… Como si, al fin y al cabo, Dios no fuera accesible sin el testimonio de quien encarna un originario estar sometido a Dios. Ahora bien, si esto es así, entonces Dios no puede comprenderse como un modo de referirse a los poderes que atraviesan nuestro estar en el mundo y que cualquiera puede constatar y, en cierta medida, controlar, sea con los recursos de la magia o de la técnica. Cualquier expresión significativa acerca de Dios —cualquier descripción definida de Dios— es insuficiente para dar cuenta de la extrañeza irresoluble sobre la que se sostiene, no solo nuestra existencia, sino la totalidad del cosmos. De hecho, cuando aceptamos la suficiencia de Dios como Padre —o como Creador, o como Juez…— caemos indefectiblemente en la idolatría. Dios difiere de su darse como Padre, como Creador, como Juez… Pero, por eso mismo, puede darse como Padre, etc. Así pues, el dato inicial de la fe en Dios no es una determinada idea de Dios, sino el hecho de que el todo no lo es todo, mejor dicho, el hecho de padecer, en el sentido más estricto de la palabra, la insuficiencia de la totalidad, a la luz, no solo del asombro, sino también (y quizá sobre todo) del escándalo del Mal. El todo no se basta a sí mismo. El creyente no es, por tanto, aquél que supone algo acerca de Dios, ni siquiera cuando hace de Dios la sustancia del mundo, sino aquél que se reconoce a sí mismo como quien se encuentra en manos del misterio de Dios. De ahí que solo pueda decirse Señor quien posee un nombre impronunciable (YWHW), un nombre que no puede servir como tal, un nombre sin referencia posible. Y de ahí también que el creyente, en tanto que se encuentra sujeto a Dios, sea aquél que aguarda la revelación —la respuesta— de Dios.

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