epifanías
enero 19, 2014 § Deja un comentario
Hay dos modos de entender la epifanía, uno religioso y otro bíblico. La epifanía religiosa se da como la irrupción de algo de otro mundo, esto es, de algo que no puede ser integrado en el campo de relaciones que constituyen nuestro mundo. Por ejemplo, la aparición de un disco de Lady Gaga en una de las tribus del Mato Grosso que aún no han topado con el hombre blanco. Ese disco será visto, inevitablemente, como algo extraño, de otro mundo, como un objeto sagrado, numinoso, fascinante. Ahora bien, esto es así solo porque los miembros de dicha tribu dan por descontado que hay otro mundo más allá del visible. El disco de Lady Gaga será visto necesariamente como un índice, una señal de dicho mundo. La idea común es que hay grietas —tuneles, pasillos…— que conectan ambos mundos y por los que se cuelan, a veces, las cosas sagradas. Por otro lado, es evidente —o debería serlo— que el otro mundo es otro solo mientras siga siendo un mundo extraño. Una vez lleguemos a familiarizarnos con él —una vez podamos incorporarlo al nuestro—, el carácter otro de dicho mundo se disuelve como el azúcar en el café. Por su parte, los textos bíblicos no entienden la epifanía en los términos del signo o la señal. En verdad no puede haber signos de Dios, pues Dios, en sí mismo, no es algo o alguien de otro mundo, sino el ignotum X que impide el cierre inmanente de la totalidad, cielos incluidos. Lo extraño no es, bíblicamente hablando, la cosa extraña, sino que sigamos con vida. Lo extraño es que habiéndosenos dado la existencia, haya muerte e injusticia. Lo extraño es que tanto la fecundidad como el Mal tengan lugar en relación con un mismo Dios. Lo extraño es que no hayan señales de Dios, que Dios no se haga presente como Dios. De ahí que la epifanía bíblica se comprenda como eso que aparece en la des-aparición de Dios —en su fuga o contracción—, a saber: la víctima inocente, el huérfano, el sin techo. Y de ahí, también, que no quepa otro estar ante Dios que no sea un estar ante aquellos que ocupan su lugar, los que, precisamente, le echan en falta.
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