Ulises como culturista

enero 30, 2014 § Deja un comentario

Es cierto que no podemos soportar demasiada realidad. Por eso quizá edificamos ciudades. Un ciudad es un estado de excepción. Toda ciudad es una ciudad amurallada, el lugar de la ilusión: del mito, de la técnica, del hogar. Solo como ciudadanos podemos confiar en nuestra posibilidad, creer que tenemos todo bajo control. Sabemos, sin embargo, que el precio a pagar es el de un íntimo ennui. Entre los muros de la ciudad todo acaba siendo oficio. O, por decirlo de otro modo: en la ciudad, todo pasa y nada acaba teniendo lugar. De ahí que busquemos recuperar ese sentido de lo real que dejamos atrás cuando erigimos un hogar. Esta búsqueda es, esencialmente, religiosa, por aquello de la etimología. Como es sabido, una de las raíces de la palabra «religión» es la que procede, precisamente, del verbo «religar»: volverse a vincular, recuperar el lazo perdido. Ahora bien, quien entienda de qué se trata, entenderá que no podemos simplemente volver a la realidad sin perecer como humanos. Nadie puede soportar durante demasiado tiempo una pura exterioridad. La «religión» no pretende, por tanto, unirse a Dios, sino poderlo contemplar desde una cierta distancia. Tenerlo presente, sin que se haga presente. La religión es, en definitiva, cultura. Aunque también podamos decirlo a la inversa: cultura es religión por otros medios. Pues asistir a una representación de Macbeth no es simplemente distraído: es topar con lo real. La cultura es experiencia, en el sentido literal, pues en la ciudad solo por medio de la cultura podemos saber que hay más allá de los muros, esto es, qué es lo que hay. El canto de sirenas hay que escucharlo, sin duda. Pero atados al mástil. Saltar es, en cualquier caso, morir.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Ulises como culturista en la modificación.

Meta