el vampirismo como religión

febrero 7, 2014 § Deja un comentario

Como es sabido, Drácula tuvo que dar su alma para alcanzar la inmortalidad. Un inmortal, ciertamente, apenas se diferencia de las piedras. ¿Qué esperar, qué temer donde no puede darse un final? ¿Qué presente puede haber para quien un millón de años apenas importan? Los inmortales, de hecho, no viven. Pues sin muerte, no hay vida, como no hay luz sin oscuridad. De ahí que nuestro conde se vea obligado a chupar la sangre de sus víctimas. Y es que Drácula no puede re-ligarse a la vida perdida sin apropiarse de la ajena. Como en los viejos tiempos del homo religiousus. (A partir de aquí se siguen fácilmente un par de silogismos traviesos. Uno: dios, en tanto que inmortal, está muerto; no debería extrañarnos, pues, que exigiera tantos sacrificios humanos. Dos: nosotros estamos cerca de ser como dioses (la ingeniería genética está a un paso de diferir sine die el envejecimiento celular); no tardaremos en comernos a los pobres que no hayan podido pagarse la modificación. Será cierto que el gore es eterno.)

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