eso espero
febrero 18, 2014 § Deja un comentario
Me atrevería a decir que si le preguntásemos a un creyente si hay o no hay Dios, éste solo podría responder honestamente diciendo: «eso espero». No «eso supongo o eso me imagino», sino «eso espero». Pues lo que espera un creyente es precisamente que Dios acontezca, que tenga lugar. Bíblicamente hablando, Dios no se halla presente a la manera de un poder efectivo, mágico. Más bien, al contrario: uno siempre encuentra a faltar a Dios allí donde se exige su presencia. De ahí que un creyente sea aquel que permanece a la espera de Dios. Dios se da a sí mismo como promesa, lo cual quiere decir que Dios está por ver. Incluso con respecto al acontecimiento de Dios estamos en manos de Dios. Ahora bien, ¿qué tipo de esperanza es la del creyente? No parece que sea, en última instancia, la esperanza propia de una sensibilidad religiosa, aquella que aguarda la intervención del deus ex machina, del poder que juega a nuestro favor. Estrictamente, un creyente solo puede esperar a un Dios que ponga fin al mundo. Y es que desde la óptica creyente, el mundo se experimenta como el don que ha sido pervertido por Satán. Para quien se encuentra sometido a la altura de Dios, el Mal se escribe con mayúsculas. De ahí que la esperanza creyente tenga por objeto lo imposible, eso que el mundo en modo alguno puede admitir como su posibilidad: que el león coma hierba. Dicho de otro modo, la esperanza creyente es literalmente increíble, esto es, en absoluto puede admitir una imagen creíble. Contra lo que muchos suponen, la esperanza creyente no se sostiene sobre un ideal. El contenido de la misma, como acabamos de decir, no es una posibilidad del mundo. La esperanza creyente de hecho se declina en imperativo: «en nombre de la vida que nos ha sido dada desde las alturas, tiene que haber una última palabra». Para aquellos a quienes les han sido arrancados los hijos por una violencia sin medida, las cosas no deben terminar así. Podríamos decir que la esperanza que no admite la impiedad del mundo es la otra cara de la experiencia del don. Un creyente no tiene ni idea de cómo ocurrirá. Pero en cierto modo ve que tiene que ocurrir. Acaso él, como sujeto, no sea más que un encontrarse sujeto a esta fe. En cambio, para nosotros los satisfechos, Dios no deja de ser un lujo, un extra, alguien de quien podríamos perfectamente prescindir.