«pobrets»

febrero 22, 2014 § Deja un comentario

En los corrillos del cristianismo acomodado se tiende a hacer de los pobres unos pobrets. Como si los pobres fueran els pastorets del retablo navideño. Ciertamente, entre los pobres hay de todo: buena y mala gente. Y sobre esta constatación, el cristianismo acomodado se queda con la mejor parte: la del pobre que agradece nuestra caridad y nos hace sentir mejor por ello. Pero esta visión de la pobreza, la cual se halla cercana al mito, olvida que la pobreza es degradante. La pobreza es vivir como un muerto, esto es, sin vida por delante. La pobreza es vender a tus hijas. La pobreza es ver a tus hijos morir de hambre. Por eso, los pobres, fácilmente, acaban viviendo como perros y, por ende, comportándose como tales. El pobre es, por eso mismo, despreciable. Como decía Jon Sobrino, los pobres huelen mal. De ahí que uno acabe también oliendo mal cuando se encuentra cerca de ellos. No debería extrañarnos, pues, que un Dios que se identifica con el pobre, y no solo con el pobret, sea un Dios que difícilmente podemos aceptar. Al menos, mientras sigamos teniendo vida por delante. Por tanto, la violencia del pobre sobre nuestra existencia satisfecha, sin ser humanamente justificable, contiene trazos de la ira de Dios. Y de ahí también que si ponerse en manos de Dios es cristianamente lo mismo que ponerse en manos de pobre —que lo es—, no haya caridad sin revolución.

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