el Dios de nuestros padres
febrero 23, 2014 § Deja un comentario
A—pero ¿hay Dios?
C—yo creo que sí…
A—pues, yo creo que no. Que lo que tu llamas «Dios» no tengo por qué admitirlo como tal…
Este podría ser perfectamente el diálogo que resume la actual dificultad con respecto a Dios. La generación del Concilio, por decirlo así, tuvo que enfrentarse a un Dios que no parecía concidir con el que nos presentaban los evangelios. De ahí que su tema fuera el del modo de ser de Dios, no Dios como tal. Pero hoy por hoy el tema es otro (aunque esta dificultad ya venga de antiguo). El tema hoy es Dios mismo. Y es que la posición básica del sujeto que se enfrenta a la cuestión de Dios, la posición en la que el sujeto se encuentra a sí mismo y que no puede poner en cuestión sin cuestionarse como sujeto amb cara i ulls, ya no es, por lo común, la de la criatura, sino la del espectador, tanto de lo que le rodea como de sí mismo. Ciertamente, no parece que pueda haber Dios, en el sentido bíblico de la exprsión, para un espectador. Un espectador siempre se encuentra a una cierta distancia de lo que le sucede. O, por decirlo a la manera de Martin Buber: la enfermedad espiritual de nuestro tiempo consiste en que aquel que reza no puede evitar verse desde fuera mientras reza. De ahí que la teología que pretenda ser significativa para el hombre y la mujer de hoy en día no pueda desembarazarse fácilmente de una crítica de la subjetividad moderna y del concepto de realidad que implica. Adaptar el lenguaje bíblico a los moldes de dicha subjetividad solo puede conducirnos a una variante del antiguo paganismo, en donde «dios» es, ciertamente, el nombre de otra cosa (llámale «fuerza de la naturaleza», «bondad», «energía supercuántica», «océano»…). Y de ahí a afirmar que el cristianismo es una religión entre otras hay, como sabemos, un paso.