meditaciones cartesianas (10)

febrero 23, 2014 § Deja un comentario

La duda hiperbólica no debería entenderse como si solo afectara a la pretensión de verdad de nuestras representaciones. Descartes, aunque a veces lo parezca, no dice que el mundo podría ser muy distinto a como lo vemos o pensamos. Esta sospecha aún no es lo suficientemente radical —aún no es lo bastante hiperbólica—, pues solo resulta inteligible si hay un mundo que pueda ser adecuadamente representado. El moll de l'os de la duda metódica —y de paso el background sobre el que se desarrollará la Modernidad— se alcanza cuando Descartes admite que nuestras representaciones, tanto las que proceden de la sensibilidad como las que derivan de la Razón, bien pudieran ser un producto de la mente. Esto es, que no hubiera la exterioridad a la que apuntan nuestras reprsentaciones mentales. De ahí que la refutación de la escepticismo no pase por encontrar un criterio de verdad para nuestras representaciones, sino por demostrar, tal y como hace en definitiva Descartes, al margen de sus artefactos retóricos, que la conciencia de sí, en tanto que implica afirmarse en la propia finitud, no sería ni siquiera posible sin encontrarse esencialmente referida a una pura exterioridad. Pues donde hay un yo que se percibe a sí mismo como existencia delimitada por la temporalidad del pensar, hay necesariamente un más allá del límite que impone dicha temporalidad. Otra cosa es determinar la naturaleza de dicha exterioridad. Pero, en cualquier caso, el yo no puede estar solo. Del mismo modo que uno no puede decir que se encuentra en una habitación cerrada, si al mismo tiempo no puede afirmar la existencia de un afuera. Será que, al fin y al cabo, la solución al problema de la Modernidad —la dificultad para afirmar con certeza apodíctica la alteridad propia del mundo— se encuentra en la misma obra de aquel que lo plantea por primera vez.

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