oratio

febrero 27, 2014 § Deja un comentario

Algo fundamental cambió cuando la oración pasó de ser declamada a ser pensada. No estamos hablando solo del tránsito del rito a la interioridad, del ruido al silencio. Estamos hablando de una alteración de la creencia misma. Si hay dios como hay hombres y mujeres, solo que en etéreo, entonces ¿por qué no dirigirse a dios en voz alta, como si hablásemos con el vecino a través de la pared? Sin embargo, quien rezase de ese modo ¿acaso no lo tomaríamos por loco? ¿Por qué creemos en cambio que hay profundidad donde uno se dirige a dios en silencio? Que la declamación sea tan mal vista ¿no es de por sí un síntoma de que ya no creemos en ese dios al que nos dirigimos secretamente? ¿No estamos diciendo con ello que esa oración solo tiene que ver con nosotros, con nuestra imagen de dios? ¿Es que con el coloquio silente dios no se convirtió en un ente abstracto? ¿No es tanta intimidad un signo de nuestra tendencia a la idolatría? ¿No se convierte, por ello, Dios en dios? Algo se torció cuando Dios se hizo un amigo invisible. Otra cosa es que el sufrimiento de tantos hombres y mujeres nos impida, llenos de estupor, hablar con dios como quien se dirige desde el balcón a su vecino para pedirle que baje la música. Otra cosa es que el clamor de los inocentes nos obligue a callar ante Dios. Otra cosa es que ese clamor haga de nuestro silencio una invocación sin destino, como esa botella que los antiguos náufragos arrojaban al mar. Por eso la única intimidad que acaso pueda admitir la fe sea aquella que se hace eco de las lamentaciones de quienes ya no pueden ni siquiera concebir la posibilidad misma de un dios.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo oratio en la modificación.

Meta