tyrannosaur
febrero 27, 2014 § Deja un comentario
A veces, como moderno, uno está tentado de suponer que esto de la redención es como la resilencia: un asunto interno, un tema de la psicología. Que preguntarse por la redención es lo mismo que preguntarse por cómo volver a sentirse bien con uno mismo después de la desgracia, de la descomposición del carácter. Tampoco es casual que los viejos dilemas de la moralidad hayan terminado siendo capítulos de un libro de autoayuda. Modernamente, todo es visto desde el prisma del yo. Como si no hubiera nada otro en verdad. Pero si fuera así, la redención consistiría, al fin y al cabo, en tomar la pastilla de la redención. Ahora bien, en realidad hay alguien-otro-ahí. El otro es siempre lo inalcanzable —lo invisible, lo intratable— del otro hombre, eso que no puede ser reducido a su aspecto, a lo que yo puedo captar de él. Por eso no se trata de volver a sentirse bien, sino de restaurar el vínculo con la alteridad, el que se rompió, precisamente, por nuestra culpa o desgracia. Y quien entiende esto último, entiende que eso que exige redención no puede ser alcanzado por el esfuerzo moral del yo. El yo que implora su redención es un yo en ruinas. Se trata de que el otro no nos tenga en cuenta el mal que hicimos. De ahí que no haya otra redención que la religiosa, por aquello del re-ligare. De ahí que no haya otra redención que la que se da como perdón. O, por decirlo con otras palabras, si hay redención esta solo puede venir del otro, de su más allá.