a.l.t.e.r

febrero 28, 2014 § Deja un comentario

Tarde o temprano uno se ha de dar cuenta de que existe frente a lo inalcanzable. La realidad, por defecto, es lo que se resiste a nuestra asimilación. Esto es tan viejo como el platonismo: el carácter otro de lo real es, literalmente, invisible. O, por decirlo estrictamente, tan solo puede ser reconocido. La realidad como tal solo puede ser dicha. De ahí quizá aquello de Heidegger de que la realidad la fundan los poetas, esos merodeadores de lo invisible. Tampoco es que aquí se trate de una cosa invisible, pues no es cosa en absoluto. Se trata de un resto, de una falta de coincidencia, de un no-ser. El nombre de lo real carece de referente. Es pura exigencia de ser, puro deber ser. El mundo —el mundo de las cosas que nos traemos entre manos— se encuentra ahí solo porque sufre una consubstancial falta de realidad, porque la realidad es, precisamente, aquello que siempre se halla pendiente de nuestra experiencia de lo real. Nada en el mundo acaba de ser lo que debe. Siempre vemos —olemos, palpamos— la manifestación de lo real. Pero lo que se pierde por el camino del aparecer es, precisamente, la realidad absoluta, el carácter enteramente otro de lo real. De ahí que, si Dios es real —que lo es—, no pueda aparecer como tal. La divinidad ya es de por sí una falsificación de Dios. Y de ahí también que quien se encuentra en verdad cabe Dios sea aquel que encuentra a Dios en falta donde Dios, por decirlo en cristiano, se muestra sensiblemente como pobre, como crucificado, al fin y al cabo, como abandonado de Dios.

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