monogenes
marzo 6, 2014 § Deja un comentario
Para el evangelista Juan (y de paso para los cristianos), Jesús es el hijo único de Dios (Jn 3:16). Si Juan pudo hacer tal afirmación es porque la posibilidad de que un dios engendrara a un humano no le era extraña al mundo griego. Así, por ejemplo, Heracles fue hijo de Zeus y Alcmena, una mortal. Ahora bien, nos equivocaríamos si entendiéramos la declaración de Juan como si fuera una variante cristiana del mitologema heleno. En realidad, Juan no adapta el mitologema, sino que lo invierte. De hecho, Juan recurre al lenguaje disponible para decir lo que ese lenguaje en modo alguno puede admitir, a saber, que no hay Dios por encima del Crucificado. Esto es, la irrupción del evangelio de Juan en el mundo antiguo supone una quiebra del significado religioso del término «dios». Pues decir que la Palabra era Dios desde el origen de los tiempos (Jn 1:1) es lo mismo que decir que pertenece a la naturaleza de Dios su entrega como hombre, mejor dicho, como hombre abandonado de Dios; que esa entrega no es una mera posibilidad de Dios, sino que constituye el modo de ser de Dios mismo. Y donde Dios es su humillación, Dios deja de ser «divino» en el sentido habitual de la expresión. Ciertamente, esta quiebra es anticipada por la experiencia judía de Dios, la cual, como es sabido, no puede traducirse en los términos de un saber que presuponga la entidad de Dios. Pero dificilmente dicha quiebra hubiera dado paso a Occidente, si no se hubiera insertado en el imaginario del helenismo antiguo. La clave de esta quiebra está en sostener, como decíamos, que Jesús es el unigénito de Dios. Pues, contra lo que podríamos decir si permaneciéramos bajo las categorías del helenismo, al hacer tal afirmación no decimos tanto algo acerca de Jesús como acerca de Dios. Si Juan nos estuviera diciendo algo de Jesús, entonces Dios estaría por encima, como lo está la Belleza cuando decimos, por ejemplo, de una mujer bella. Ahora bien, si Dios estuviera por encima de su vínculo con Jesús, entonces resultaría gratuito decir que Jesús es el unigénito de Dios. De hecho, algo parecido defienden muchos cristianos de hoy en día, cuando defienden que resulta cuanto menos atrevido afirmar que Jesús es el hijo único de Dios; que, siendo honestos, lo que deberíamos decir es que Jesús es un símbolo de Dios… entre otros. Sin embargo, lo que afirma Juan es, en verdad, algo muy distinto. Y lo es porque, como decíamos, su declaración es sobre Dios y no propiamente sobre Jesús. Podemos decir que la paternidad de Dios solo se nos revela en la obediencia, la fidelidad del hijo. Un padre no es tanto un progenitor como aquel que ejerce una autoridad, sobre todo moral, sobre el hijo. Ahora bien, un padre, en principio, puede tener unos cuantos hijos, incluídos los bastardos. Si Juan dice que Jesús es el unigénito de Dios no es porque ignore la posibilidad de que Dios pueda haber engendrado unos cuantos hijos por ahí, sino porque, probablemente, quiera decirnos otra cosa. Y, como apuntábamos hace un momento a propósito de Jn 1:1, esa otra cosa es que no hay otra presencia de Dios que la que se revela en el Crucificado en nombre de Dios. Que estar ante Dios es lo mismo que estar ante el Crucificado. Que no cabe un postrarse ante Dios que no sea un postrarse ante el Crucificado. Y, sin duda, esto es algo muy distinto a decir que Jesús participó de la divinidad como Irina Shayk puede participar de la belleza. Pues quien, poseyendo una cierta sensibilidad religiosa, comprende la declaración de Juan, algo así como el pistoletazo de salida del dogma de la Encarnación, no puede menos que escandalizarse. Y es que Juan no dice que Irina Shayk sea la única mujer bella, ya que sería sencillamente estúpido decirlo, a pesar que la belleza de la chica de Cristiano Ronaldo sea indiscutible. Juan dice que no hay otra belleza que la de Rossy de Palma. Por tanto, la cosa no puede ir en serio… A menos que, con ello, nos esté diciendo que cualquier otra belleza es ficción.
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