intimidad
marzo 11, 2014 § Deja un comentario
No deja de resultar cuanto menos curioso que se haya impuesto la intimidad como derecho. Que haya algo así como un espacio inviolable, al margen de la mirada ajena, una habitación propia en donde la convención, se supone, queda en suspenso, un estado de excepción dentro del hogar: esto es lo extraño. Lo extraño: no tanto que el sujeto tenga algo que ocultar —pues la hoja de parra es tan antigua como el primer hombre—, sino que haya algo así como un derecho a gozar de lo que, socialmente, debe permanecer oculto. No es casual que la intimidad sea una invención cristiana. La intimidad nace de la necesidad de hablar a solas con Dios, mejor dicho, de mostrarse en falta ante Él. Cualquier intimidad desprende el hedor del culpable. De ahí que una vez Dios desaparece del mapa —una vez la intimidad deja de ser un espacio confesional— el sujeto se quede a solas con su jouissance. Será que sin Dios, el derecho a la intimidad acaba siendo un derecho al juego de la transgresión. Pero será también que sin Dios al que, literalmente, echarle la culpa, el sujeto no puede menos que identificarse con su goce. La doblez ha llegado, pues, para quedarse.
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