JJ
marzo 15, 2014 § Deja un comentario
Jesús de Nazareth, como también el bueno de Job, murieron sin haber comprendido nada de Dios. Su religión fue puesta entre paréntesis en el momento crucial. Dios no se manifestó tal y como esperaban. Y, sin embargo, permanecieron ante Dios. ¿Cómo fue posible? ¿Cómo no llegaron a renegar de Dios, allí donde su religión saltó hecha pedazos? Hoy nos resulta difícil comprenderlo, entre otras cosas, porque ya no damos a Dios por descontado. Hoy, la mayoría de los creyentes llega a Dios a partir de ciertas experiencias que atribuyen a Dios. Pero Dios, en la Biblia, no funciona al modo de una hipótesis explicativa. Al contrario: Dios es aquel que se encuentra en falta, aquel que no se halla presente al modo de un titiritero celestial. De ahí que la experiencia bíblica de Dios no pueda articularse como un saber acerca de Dios. Dios, simplemente, es el que es (o, mejor dicho, es el que será o será el que fue). Y el hombre es, antes que nada, criatura. Ahora bien, la criatura no se experimenta a sí misma sin ambivalencia: por una lado, el don; pero, por otro, el temor. Don sin temor conduce a una fe naïve. Temor sin don, a la fe de las oscuras sacristías de antaño. La posición básica en la que se encuentra el creyente es la de aquel que existe por entero dependiente de una medida de gracia. Pues la experiencia de la gracia no puede separarse del temor de Dios sin volverla ininteligible. Un creyente ni siquiera puede decir honestamente que Dios protege a los que creen en él (que es lo que se espera de un dios). Dios, mejor dicho, su intervención, permanece en el aire. De hecho, cristianamente solo contamos con una intervención de Dios y es aquella en la que el Hijo es elevado colgando de una cruz. Si en la Biblia encontramos textos «religiosos», textos en los que el creyente se muestra como aquel que confía en la ayuda de Dios es porque esos textos están ahí para ser desmentidos. Ciertamente, para el creyente el Mal no puede tener la última palabra y ello en nombre de una vida que experimenta como milagro, como don, como testamento. Pero de ahí no se infiere una teología en presente indicativo. La fe se expresa siempre en imperativo y por transferencia, como quien dice: «debe ser, en nombre de». Y nosotros aún seguimos por ahí atados a nuestra imágenes de Dios como si no se hubieran escrito los evangelios ni el libro de Job.
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