el buen salvaje

marzo 20, 2014 § Deja un comentario

Llama la atención la atracción, típicamente moderna, por el primitivismo indígena. La cosa comienza con Montaigne: el índigena de las américas recién descubiertas parece que preserva ese sentido de la vida verdadera que la civilización pervierte. La impresión, sin embargo, es que el buen salvaje es una ilusión, un mito. El salvaje también está afectado de pecado original. Ciertamente, algo dejamos atrás en el momento en que erigimos los altos muros de la ciudad. Y eso que dejamos atrás, inevitablemente, se nos presenta como lo más genuino. Es el precio que tuvimos que pagar por garantizar nuestra existencia. Ocurre aquí como en el caso de nuestra infancia: que al dejarla atrás, perdemos de paso nuestra capacidad para el asombro y, por consiguiente, el sentido más atávico se lo real. Ahora bien, leyendo a Montaigne, podemos darnos cuenta de qué es lo que ocurrido modernamente con la religión. Pues la intención de Montaigne no es la de re-ligarse con la autenticidad perdida, sino a lo sumo contemplarlo con unas cuantas dosis de nostalgia. Esto es: el sentimiento de la nostalgia, en el fondo una estética, es lo que ocupa el lugar del rito, la praxis que pretendía mantener el vínculo con lo originario. Mejor dicho: en vez de culpa por el asesinato de Abel, nostalgia. Aunque esto es lo que pasa cuando ocupamos la posición del espectador: que no hemos de responder por las pérdidas sufridas.

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