creer que se cree (1)

marzo 27, 2014 § Deja un comentario

Probablemente, ya no haya cristianos, aunque quizá nunca los hubo. Un cristiano cree que el otro es su hermano o que el pobre es su Señor. Y, al creerlo, actúa en consecuencia. Si yo creo que el agua calma la sed, me tomo un vaso de agua cuando tengo sed. Si, en cualquier caso, tomara, por ejemplo, una lata de Coca-Cola, difícilmente podrían decir que creo que solo el agua calma la sed. En realidad, creo, aunque aquí me engañe, que creo que el agua calma la sed. Así, un cristiano en verdad no puede tolerar el hambre del prójimo. Y, por eso mismo, se comporta como un demente. Ya lo sabemos: Grégoire recorre cuatrocientos kilómetros de carreteras africanas para desatar a un loco de su árbol. Para Grégoire, Dios está atado a los árboles… y esto se encuentra más cerca del delirio que de lo sensato. En cambio, la mayoría de los que se confiesan cristianos pueden tolerar perfectamente el hambre, la sed, la desnudez del pobre. La mayoría de los confesos creen falsamente que creen que somos hermanos o que el pobre es su Señor. Es decir, no es que tengan una creencia, sino más bien una metacreencia. Falta, pues, humildad. Aunque eso tampoco es que le venga de nuevo al cristianismo. Y es que, no casualmente, las eucaristías comienzan con un acto de contrición, con la confesión de un estar en falso con respecto a lo que se va a celebrar. Por eso al cristianismo le iría muy bien que el cristiano de a pie pudiera reconocer sin ambages su falta de fe, el hecho de vivir de espaldas a Dios. El cristianismo ganaría en credibilidad, si el cristiano de a pie se atreviera a pedir públicamente la fe que le falta, en definitiva, a pedirle a Dios por Dios. Y ello ante los que sí creen, esos pirados de Dios.

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