Job, una vez más
abril 3, 2014 § Deja un comentario
Quien entiende a Job entiende que no hay logro que pueda justificar el horror. La desgracia no admite ninguna compensación, ni siquiera por parte de Dios. O mejor dicho, Dios, como se ve obligado a admitir el bueno de Job, no está ahí para compensar lo irreparable. Por ejemplo, que tu hijo, una vez crezca, llame papá a quien os pego el tiro en la nuca, a ti y a tu esposa, su madre. O los siete millones de muertos por inanición en los campos de Ucrania a manos de Stalin. Aquí no vale decir: vuestros sufrimientos os serán recompensados. Cualquier comparación entre los sacrificios del pasado y las conquistas del futuro es sencillamente indecente. No hay holocausto que pueda justificar tres mil años de paz. Se equivoca, pues, quien cree que, desde la óptica de Dios, la desgracia posee un sentido. Dios no garantiza el sentido de la desgracia. Desde la óptica de Dios, como lo atestigua el mismo Job, seguimos sin saber. De ahí que para el judío el final de la historia no pueda ser una historia con un buen final. Pues, como perfectamente intuyera Walter Benjamin, en esa historia aún quedaría por redimir el sufrimiento que soportaron las víctimas del pasado. Desde la óptica de Dios, la historia en su conjunto permanece sub iudice. O, lo que viene a ser lo mismo, la redención no puede ser una categoría histórica, ni siquiera bajo la forma de una historia que continua felizmente en el territorio etéreo de un mundo sobrenatural. La redención exige el final de los tiempos. Esto es, exige lo imposible, eso que en modo alguno cabe imaginar como una posibilidad de la historia. De ahí que quienes se encuentran sometidos a la esperanza mesiánica permanezcan a la espera de la imposibilidad misma de Dios: lo que no puede de hecho ocurrir, debe, sin embargo, ocurrir. Nadie dijo que la redención fuera una solución.