variaciones sobre el nihilismo (1)
abril 14, 2014 § Deja un comentario
La felicidad —la vida lograda— no reposa sobre un saber. Esta fue acaso la última lección de Goethe, el sabio: Fausto lo ha estudiado todo y, sin embargo, vive tristemente, recluido en su desván. En el umbral de los tiempos modernos, el ideal del sabio, tan caro a la antigüedad clásica, ha perdido su poder de seduccción. La carne está triste y ya he leído todos los libros, escribirá Mallarmé. Para quien, en la Antigüedad, creyó que la felicidad era antes que nada un saber vivir, esto resulta sencillamente inconcebible. Para el sujeto del mundo clásico, no hay vida verdadera que de algún modo no se sostenga sobre la verdad, mejor dicho, sobre el reconocimiento de lo que en verdad acontece. Como dicen los que entienden, la relación entre conocimiento y nutrición fue recurrente en los textos de los antiguos maestros. La ignorancia fue, para ellos, un error existencial, una enfermedad. También es cierto que Aristóteles dejó escrito que la melancolía es el destino del sabio. Pero este tópico no fructificará en la conciencia europea hasta bien entrada la Edad Media. Para las escuelas helenísticas, el síntoma de un haber llegado es la serenidad, no la melancolía. Es posible que no haya más leña que la que arde. Pero, por eso mismo, un día de sol es un milagro y el dolor, algo que hay que soportar con entereza. Carpe diem, pues. La melancolía, para el sabio estoico o epicúreo, será el sentimiento de quienes esperaron más de lo que la vida puede dar de sí, el sentimiento de los ilusos. Sin embargo, es posible que esto solo sea así con respecto a una mayoría. Pues lo cierto es que alguno habrá que comprenda que ni siquiera el goce del presente puede mantenerse en pie donde caemos en la cuenta de que el yo que pueda soportarlo, en el fondo, no es más que una excepción.