Thomas Ruster
mayo 25, 2014 § Deja un comentario
Algunos teólogos sostienen que el Dios que ha muerto no es el verdadero, sino el Dios que religiosamente se da por descontado, el Dios del mito, de la ilusión. O, por decirlo en bíblico, el Dios que muere es siempre el Dios que admite una imagen, el ídolo, el deus ex machina. En este sentido, el creyente debería aprender a vivir ante Dios, sin Dios mediante o, por decirlo a la manera de Bonhoeffer, etsi deus non daretur. Ahora bien, uno no puede menos que sospechar que estamos ante una finta retórica: ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Pues la muerte de Dios no afecta solo a las imágenes, se supone que deformadas, de Dios, sino a la idea misma de Dios. ¿Qué puede significar la palabra «Dios» fuera del marco conceptual del mito? ¿Qué puede significar «vivir ante Dios» donde ya no cabe hacerse ni siquiera una idea de Dios? ¿Acaso un Dios que no admita una imagen no es simplemente una idea de Dios? ¿Puede un Dios verdadero no darse como dios? «Dios ha muerto» significa al menos: el hombre ya no puede experimentarse a sí mismo como criatura, esto es, como una existencia que depende por entero de Dios. O, por decirlo de otro modo, en la época de la muerte de Dios, el hombre ya no puede admitir a Dios, aun cuando exista. De ahí que sostener que el Dios verdadero sobrevive a la muerte de Dios es, una vez más, jugar con las palabras. A menos que Dios sea simplemente el nombre de «el exceso de lo real». Pero eso no puede ser Dios en un sentido serio. Más aún: ¿acaso cristianamente no decimos que el que muere es precisamente el verdadero Dios? ¿Que la salvación consiste, precisamente, en su sacrificio? ¿Acaso podría el Crucificado ocupar el lugar de Dios, si Dios siguiera por encima de la Cruz? No casualmente, Nietzsche entendió que el ateísmo moderno era una hijo, aunque quizá bastardo, del cristianismo.