un Dios de pobres

mayo 28, 2014 § Deja un comentario

Decimos que el Dios bíblico es un Dios de pobres. Y al decirlo, por lo común, entendemos que Dios es un Dios para los pobres. Ahora bien, si esto fuera simplemente así, entonces la concepción del Dios bíblico no se diferenciaría formalmente de la que caracteriza al politeísmo. YWW sería un Dios para Israel como Júpiter fue un Dios para Roma: los pobres, los esclavos de Egipto, también tendrían a su dios-protector, algo así como un señor de la guerra espectral. Sin embargo, que Dios sea el Dios de los pobres significa que solo los pobres podrán ver a Dios, mejor dicho, escuchar su voz. Decir que Dios es en realidad un Dios de pobres significa que solo los pobres son capaces de Dios, no de su Dios, sino del único Dios que hay, el cual, por otro lado, no parece funcionar como un dios al uso: Dios en verdad no aparece como dios. De hecho, los elegidos de Dios son aquellos que echan a Dios en falta (Metz dixit), aquellos que, por emplear la hermosa expresión de Simone Weil, permanecen a la espera de Dios. Y es que la voz de Dios solo se escucha en los tiempos últimos o finales, ahí donde el hombre ha sido despojado de su natural confianza en su posibilidad. Es por eso que pobres son, bíblicamente hablando, los sacerdotes de Dios. Solo ellos soportan sobre sus espaldas el peso de Dios. Solo ellos saben de la esperanza. Por eso cuando se nos pregunta si hay Dios, deberíamos parafrasear a Kafka y decir que sí, pero no para nosotros, los satisfechos. Nosotros solo podemos hacernos una idea —una imagen— de Dios. Nosotros solo podemos falsificarlo, dar gato por liebre. Si nosotros podemos creer es porque ellos, los pobres, creen por nosotros.

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