el fin del teísmo
mayo 31, 2014 § Deja un comentario
Cada vez hay más creyentes que no saben qué hacer con el Dios de la infancia, el Dios que, a la manera de un espectro bueno, tutela la vida de los hombres. Este Dios —el Dios del teísmo— ha llegado a serles, literalmente, increíble. Ante esta dificultad, muchos han optado por sustituir a ese Dios por la fuerza, el impulso, la energía del amor. Para estos creyentes, el Dios del teísmo no sería mas que una personificación de una divinidad impersonal, una manera de lidiar imaginativamente con el poder divino. Dios, en este sentido, sería el nombre de la fuerza fundante del amor. Al divinizar el amor, estos creyentes quieren dar a entender que el amor es algo último, substancial. La mayoría de estos creyentes dan por hecho que al sustituir el Dios del teísmo por la fuerza del amor están a la altura de los tiempos. Sin embargo, muy pocos son conscientes que con esta sustitución se hallan más cerca del sentido pagano de la divinidad que de la fe monoteísta, la cual, por cierto, tampoco admite la imagen de un Dios que no parece diferenciarse esencialmente de un superángel de la guarda. De hecho, los tiempos, salvo los finales, siempre fueron muy paganos. Pues el paganismo comprende la divinidad como un dato del mundo. Por eso mismo, para una sensibilidad pagana de lo que se trata es, precisamente, de aprender a tratar con la divinidad. En cambio, para la sensibilidad monoteísta, Dios es en verdad intratable. Entre otras cosas porque no aparece como poder que interviene en el mundo a la manera de un deus ex machina. Dios no es un dato del mundo, aunque subyacente. Al contrario. Dios es lo siempre pendiente del mundo. Dios es su Silencio. Y esto tiene más que ver con la desaparición que con el amago. Dios no está detrás de las puertas que encierran nuestra existencia. Sencillamente, Dios no está. O mejor dicho, Dios está por-venir. Pero, por eso mismo, el creyente puede reconocer el llanto del que sufre como la huella de ese Dios que se encuentra en falta, esto es, como la Ley insoslayable de Dios. Al fin y al cabo, si somos hermanos es porque existimos como los huérfanos de Dios.