el Señor

junio 5, 2014 § Deja un comentario

Comencemos con una obviedad: Dios siempre se da según el «lenguaje disponible». Así, Dios es «el Señor» —solo puede serlo— en un mundo en donde hay señores y siervos, amos y esclavos. Solo en ese mundo, la proclamacion de Dios como Señor resulta significativa. Solo en ese mundo se entiende el alcance de dicha proclamación. Pues al decir que solo Dios es Señor estamos diciendo que uno en verdad no se encuentra sujeto al César. Ahora bien, también estamos diciendo que uno en verdad se encuentra sujeto a Dios y esto solo puede entenderlo quien antes ha estado realmente sujeto al César. En la sociedad liberal de nuestros días nadie se reconoce sujeto en verdad a nadie. Todo se da según la medida del pacto. Todo es intercambio más o menos feliz. Y ello es así porque, en el fondo, todo se da según la medida de mi deseo o interés. De ahí que hoy en día la vieja declaración creyente sea, antes que nada, una metáfora, un modo de decir que uno, por ejemplo, se siente inclinado por las cosas de Dios de modo semejante a como uno se puede sentir inclinado por la música de Beethoven. Así, al perder de vista el contexto que la hizo posible, la confesión creyente pierde densidad, sustancia. La confesión creyente se hace con ello interpretable, se convierte en objeto de la hermenéutica. Deja por el camino su aguijón. De ahí que fácilmente digamos que en realidad los antiguos creyentes, al confesar a Dios como el Señor, lo único que querían darnos a entender es que Dios era lo más importante para ellos o cosas por el estilo, creando de paso la ilusión de que estamos, en el fondo, diciendo lo mismo. Pero no me atrevería a decir que estemos en lo mismo, donde el sujeto creyente de hoy en día ya no experimenta la sujeción como el dato originario de su existencia. Las declaraciones de la fe son necesariamente polémicas. Entenderlas supone ver qué niegan o rechazan. Donde perdemos de vista lo rechazado, en parte debido al triunfo histórico de la fe, perdemos su razón de ser. Y de ahí a hacer de la fe un mito hay un paso.

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