sobre el limbo

junio 12, 2014 § Deja un comentario

Muchos cristianos modernos consideran la antigua creencia en el limbo como una aberración propia de otras épocas. Y, posiblemente, estén en lo cierto. Pero, por eso mismo, deberían admitir que ya no pueden tomarse muy en serio esto de la salvación cristiana. Pues la existencia del limbo es deducida por aquellos que estaban convencidos de que el bautismo —el sacramento, no su sucedáneo ritual— nos salva de la condenación. De hecho, el bautismo sería la expresión simbólica —y, por consiguiente, la consumación— de la experiencia de la salvación. El verdugo que ha sido perdonado por su víctima debe bautizarse si quiere integrar ese perdón. Hay un antes y un después para quien ha sido arrancado de las garras de la muerte. Dios divide la existencia de los hombres. Y por eso mismo el bautismo no es un ejercicio meramente formal como pueda serlo el inscribir al niño en el Barça. Por eso, quien ha experimentado la salvación —quien se toma en serio la posibilidad de la condenación— no puede evitar preguntarse qué ocurre con aquellos inocentes que no han sido «desatados de los árboles». Ciertamente, no parece que Dios pueda condenarlos, a pesar de que vivan inocentemente al margen de Dios. Ergo, el limbo. Eso sí que es tomarse en serio los derechos de la infancia sub specie aeternitatis. De ahí que el hecho de que ya no sepamos qué hacer con las imágens del limbo —y de paso con las del cielo y el infierno— no sea el síntoma de una fe más auténtica, sino acaso de lo contrario: el síntoma de que ya no podemos creer en la posibilidad de la condenación. Pero ya cristianamente se nos dijo que la sensación de inocencia es el sello de una existencia que le ha dado la espalda a Dios. ¿Acaso soy el guardián de mi hermano?

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