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junio 13, 2014 § Deja un comentario

En los tiempos del Nuevo Testamento, los hombres y las mujeres eran capaces de ver «apariciones». En esos tiempos, hubieran visto a Venus, por ejemplo, en el cuerpo extremadamente bello de una modelo. No digo que lo hubieran «interpretado» como si fuera el cuerpo de una diosa, sino que hubieran visto a la diosa en ese cuerpo, tal cual. En esos tiempos, las apariciones —las epifanías— eran, sencillamente, posibles. Ya no lo son en nuestro mundo. Mejor dicho, ya no lo son en tanto que apariciones de dios. Así, a Gregòire Ahongbonon se le aparece su madre en las mujeres abandonadas de los poblados de África. De igual modo, a esa superviviente de Auschwitz se le aparecen sus hijos gaseados en los huérfanos de Israel. Ahora bien, las apariciones de dios, como decíamos, ya no son posibles en nuestro mundo. Pero esto es así porque hubieron, precisamente, apariciones cristianas. Pues el meollo de dichas apariciones es que Dios, en verdad, aparece en los rostros que no pueden ser divinos en modo alguno.

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