polis
junio 20, 2014 § Deja un comentario
Los muros de contención de la ciudad se reproducen en la subjetividad del ciudadano. Pero lo cierto es que la ciudad es, de hecho, provisional. Tarde o temprano, caen los muros. Lo cierto es que estamos en manos de. La cuestión es en manos de qué o de quién. Esto es, ¿qué nos puede en verdad? ¿Quién —o qué— puede destruir el entramado del yo? ¿El bárbaro? ¿El inconsciente? ¿La vestal? ¿El miserable? En cualquier caso, no hay hombre que no prefiera ser un ciudadano. No hay hombre que no prefiera ser señor de sí mismo. De ahí que el cristianismo no responda a las inquietudes de los hombres. La cuestión del cristianismo no es otra que esta: qué puede esperar el no-hombre —el no-yo—, es decir, qué hay tras los muros que no sea destrucción y muerte. No casualmente, para la Biblia, la ciudad fue una obra de Caín, el protegido de Dios.