Dios como misterio
junio 23, 2014 § Deja un comentario
El misterio de Dios no debería entenderse como el de una cosa misteriosa. Una cosa misteriosa es simplemente algo que de hecho no podemos integrar en nuestro mundo. Podemos decir que es, pero no qué es. La cosa misteriosa sería la cosificación de la pura alteridad. Sin embargo, el misterio aquí tiene que ver con el mundo, no con la cosa. Pues la cosa misteriosa dejaría de serlo, si nuestro mundo fuera otro. Así, por ejemplo, para un salvaje, un simple PC es una cosa misteriosa, algo de otro mundo. Decir que Dios es un misterio, por tanto, supone afirmar que, con respecto a Dios, ni siquiera podemos decir que es. Dios no es posible —Dios no es una posibilidad del mundo—. Y, sin embargo, el creyente se halla sometido a la exigencia de Dios. ¿Cómo entender este estar sometido a Dios, si Dios no se da según el modo de la presencia? Dios debe ser. En nombre de la vida que nos ha sido dada, la muerte injusta no puede ser un final. Esto es, un mundo que depende de Dios es un mundo que tiene a Dios pendiente. Pero, por eso mismo, en el mientras tanto, el hombre se encuentra sujeto al deber —la voluntad— que se desprende de un Dios que se echa en falta: el deber que nos convierte en rehenes del que sufre. Esto es simplemente así. Otro asunto es que vivamos conforme a esta exigencia. Pues es sabido que, mientras podamos valernos por nosotros mismos, difícilmente podremos soportar el mandato de Dios.