shekhiná
junio 27, 2014 § Deja un comentario
Los hebreos utilizan la palabra shekhiná para referirse a la presencia de Dios. Originariamente, la palabra se empleaba para referirse a la morada de Dios. ¿Dónde habita Dios? ¿Dónde experimentar su presencia? La cuestión admitía diferentes interpretaciones. ¿En el Templo? ¿El tabernáculo? ¿En la columna de fuego que guía a Israel por el desierto? ¿En la Sabiduría? Sea como sea, el sentimiento de hallarse bajo una presencia divina, presencia cuyo sello era principalmente maternal, fue un incuestionable de la experiencia judía de Dios. Ahora bien, hasta aquí nada que distinga el monoteísmo bíblico del resto de las religiones. Pues la posición básica de quien posee una sensibilidad religiosa es, precisamente, un sentirse bajo el amparo —o la amenaza— de lo sobrenatural. Tarde o temprano, decía Merton, nos daremos cuenta de que existimos bajo aguas que nos cubren. Lo que resulta relevante aquí no es, por tanto, que se hable de una presencia divina, sino que se haga de dicha presencia una cuestión. ¿Dónde encontrarse con Dios? Y es que si cabe la pregunta es porque no es obvio que Dios en verdad se encuentre allí donde la sensibilidad religiosa espera encontrarlo: en el fenómeno inexplicable, excesivo, paranormal. O, por decirlo con otras palabras, en el núcleo duro de la experiencia judía de Dios late la convicción, aunque no sin ambivalencias, de que el carácter sobrenatural de Dios, su trascendencia, no cabe comprenderla en relación con lo natural. Sobre todo, si tenemos en cuenta las dimensiones del Mal. ¿Es que acaso el Mal no es también un exceso? ¿Acaso no arraiga de algún modo en la naturaleza misma de las cosas? Judíamente, el sentimiento de estar bajo la presencia de Dios no sostiene de por sí una experiencia de Dios. La oscuridad también pertenece, aunque en un sentido que se nos escapa, a Dios. Como atestigua Isaías, Dios es Señor de la luz y la oscuridad (Is 45,7). Quien se encuentra sometido a Dios, quien puede decir que Dios es Señor, no puede identificar a Dios con el lado luminoso de la Creación sin caer en el maniqueísmo. Tanto el Bien como el Mal obedecen a una y la misma trascendencia, al hecho de que Dios se encuentra fuera de la Creación, más allá del ente, como quien dice. En cualquier caso, el Mal, su feroz obstinación, convierte, cuanto menos, en problemática la presencia de un dios bonachón. Es así que la experiencia bíblica de Dios va con la cuestión de Dios. Bíblicamente hablando, Dios está en el aire. Un creyente permanece ante Dios, sin Dios, por emplear la feliz fórmula de Bonhoeffer. Es así que el presente no es el tiempo de la presencia de Dios, sino de la Ley de Dios. Pues, en tanto que Dios no aparece como dios, el hombre se encuentra en la situación del rehén de aquel que sufre, precisamente, la orfandad de Dios.