el privilegio de la metáfora

junio 29, 2014 § Deja un comentario

Nosotros damos por hecho que nuestras pasiones son, precisamente, nuestras. Sin embargo, no siempre fue así. Por ejemplo, en tiempos de Homero, una pasión, así con mayusculas, no una simple inclinación o preferencia, era el síntoma de un dios. Una pasión es un exceso que no podía ser atribuído a un simple mortal. Así, quien sufría de amor es porque había sido poseído por Afrodita. Nosotros creemos que estamos más cerca de la verdad por el simple hecho de identificarnos con nuestras pasiones. Pero bien pensado, una pasión cae sobre nosotros como si fuera un implante. De hecho, nuestra relación con ellas sería muy distinta, si nos enterásemos de que somos los conejillos de indias de un experimento que nos inserta pasiones para medir, precisamente, nuestra respuesta a ellas. Ahora bien, ¿acaso no es así en cierto modo? ¿Acaso la cultura no es un laboratorio? ¿Es que los esquimales desean intensamente lo mismo que nosotros? Así pues, con independencia de si los dioses pululan por ahí o no, parece que haya más verdad en Homero que en Watson a la hora de comprender quiénes somos. Que nosotros tildemos de superstición las visiones de Homero quizá tenga más que ver con nuestra incapacidad para una verdad que no sea la que nos proporciona la ciencia que con la verdad de quien se enfrenta a una genuina alteridad.

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