lingua poetica

julio 2, 2014 § Deja un comentario

Heidegger escribe que el ser arroja al hombre a la existencia para que lo vele y custodie. El ser destina al hombre a la existencia con el fin de que sea el ahí del ser. Curioso: Heidegger habla acerca del ser en términos personales. Sin embargo, a nadie se le ocurre decir que Heidegger peca de antropomorfismo a la hora de hablar del ser. Pues cualquiera que entienda a Heidegger tiene claro que el ser en modo alguno puede ser pensado como un ente. Ahora bien, ¿se trata simplemente de una licencia poética? ¿Se trata de un decir que pueda ser traducido a un lenguaje objetivo, científico? ¿Es que cuando una chica dice que tal o cual muchacho le ha robado el corazón, hemos de entender que no se refiere a otra cosa que a un chute hormonal? Es obvio —o debería serlo— que Heidegger no habla del ser como quien puede hablar de la conducta de un mandril. No hay modo de hablar del ser que no suponga un hablar del íntimo vínculo del hombre con el ser. Y ello en virtud del hecho mismo de existir. Existir es un estar en falta. Quien existe habita, como quien dice, en la falta de ser. Dicho de otro modo, en tanto que el hombre es aquel que tiene pendiente ser, el hombre no puede referirse al ser positivamente como si se tratara de una piedra, ni siquiera de una piedra preciosa, una piedra importante, vete tú a saber por qué. Las cosas, simplemente, no acaban de ser. Y esto es lo que hay. O, por decirlo con otras palabras: lo que hay es que nada es. Que todo pasa y nada acaba de tener lugar. Así, es cierto que los vínculos con las cosas son emocionales y, por eso mismo, subjetivos. Una cosa es, pues, la cosa. Y otra la emoción —las visión— que la cosa provoca en cada uno de nosotros. Pero nuestra vinculación con el ser —esa abstracción, esa extrema alteridad— no puede entenderse en los términos de una distinción entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la cosa o el hecho, por un lado, y nuestra interpretación, nuestra reacción emocional, por otro. Pues el ser es, precisamente, esa falta que nos constituye como existentes. Existir es experimentar en lo más íntimo la falta de ser. Y esto es lo que somos: aquellos que aguardan ser. Por eso mismo, a la hora de hablar del ser no podemos hacerlo como si hablásemos de una piedra o un mandril. Referirse al ser no es posible sin decir algo sustancial —que no esencial— de nosotros. Y vicerversa: no podemos decir nada de nosotros sin referirnos a la falta de ser. Existir, por tanto, es haber sido arrojado. Podremos decirlo de otro modo, pero no mejor. El ser posee carácter personal no porque nos lo hayamos imaginado así —no porque lo hayamos personificado—, como si el ser fuera uno de los nuestros, sino porque, sencillamente, lo real se da como la muesca, la huella que nos constituye como aquellos que existen. El lenguaje de lo real es, por tanto, el de la pérdida. El ser exige inevitablemente lingua poetica. El lenguaje poético sobre el ser no es, por tanto, una manera entre otras de hablar acerca del ser. Es la única posible. Las cosas, sin duda, no necesitan del hombre para estar ahí. Pero no son sin el hombre. Pues solo son en la medida en que el hombre es testigo de la esencial falta de ser de las cosas con las que trata. (Sustitúyase «ser» por «Dios» y tendremos una introducción «de bolsillo»al lenguaje bíblico. Pues solo ingénuamente podemos creer que J, por ejemplo, al hablar de Dios no hace otra cosa que proyectar sobre las fuerzas sobrenaturales la imagen del hombre.)

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