la verdad mística
julio 3, 2014 § Deja un comentario
Decía el meister Eckhart que Dios no es nada. Mejor dicho, que Dios no es nada porque, en definitiva, Dios es. Esto parece incomprensible, pero no lo es tanto, si uno intuye, cuanto menos, por donde van los tiros de lo real. Hay un corte en el ser y los entes. Evidentemente, esto no lo ve quien cree que las cosas son según la medida de su sensibilidad o interés, quien da por descontado que las cosas son solo en la medida en que podemos apropiarnos en algún sentido de ellas. Sin embargo, lo cierto es que nada permanece. De hecho, si nuestro mundo fuera observado desde la temporalidad cósmica, según la cual un millón de años es apenas un instante, todo cuanto existe, ha existido y existirá en nuestro mundo, tendría el carácter de una «aparición espectral». Es así que todo cuanto existe se encuentra marcado por una consubstancial falta de ser. Por decirlo con otras palabras, todo se da en relación con dicha falta. Las cosas, sometidas a la fugacidad, claman por ser. Esa falta de ser es, precisamente, eso imborrable de la existencia. Somos nosotros que, desde nuestra estrecha óptica, creemos que las cosas son porque duran lo suficiente. Que las cosas son porque nos parece que son. (Como aquellos que creen, por ejemplo, que los cuerpos ya son bellos por el simple hecho de que así se lo parece.) Ahora bien, las cosas son solo en cierta medida, esto es, en tanto que se hallan sometidas, como quien dice, a la exigencia, nunca satisfacible (y, por tanto, «eterna»), de ser por entero. Pero esto es así, precisamente, porque «el ser», literalmente, no se da en absoluto. Por decirlo en místico: el principio —el origen y fundamento— de cuanto existe es la (des)aparición de Dios. Nada hay antes. Pero tampoco nada después. La (des)aparición de Dios no puede ser superada por una re-aparición… aunque las cosas solo puedan ser en tanto que la exijan. Dios es, en este sentido, el alfa y el omega. Por eso todo se encuentra sometido a Dios. Por eso, decía Eckhart, no hay más que el Dios que no existe. Se equivocan quienes creen que todo esto es tremendamente especulativo. Pues, la falta de Dios es algo que, de entrada, se padece. Con todo, lo cierto es que hay quienes la padecen y quienes no. Pero eso solo demuestra que los hombres pueden vivir de espaldas a lo que son: cuerpos que sufren en sus carnes la falta de ser. Acaso sea esto lo que nos diferencia de la bestia. Y quizá sea por esto mismo que quienes no son conscientes de dicha falta —quienes creen, como los habitantes de la caverna platónica, que las cosas son lo que parecen— tarde o temprano lleguen a pensar de sí mismos que son como animales, solo que quizá un poco más listos. La desgracia del mundo es haberles dado la última palabra a quienes son incapaces de pronunciarla. Y en esto consiste la barbarie.