exiled

julio 11, 2014 § Deja un comentario

La experiencia israelí del exilio no acaba de hacer buenas migas con la propia de la sensibilidad religiosa, a saber, aquella cuyo sentimiento básico es el de formar parte de un orden o propósito superior. El exiliado, el que va dando tumbos por el desierto durante cuarenta años, no sabe a qué o a quién pertenece. La única referencia «religiosa» del pueblo de Israel fue un acontecimiento «imposible», el paso del Mar Rojo, referencia que, con el paso del tiempo, se vuelve necesariamente problemática. Pues, cómo puede ser que el Dios que apareció milagrosamente en ese momento —el Dios que les alejó de Egipto— haya dejado de dar señales de vida. ¿Se trata de Dios? ¿De un golpe de suerte? La cuestión de Dios —cuestión que fluye en una doble dirección— pertenece esencialmente a la experiencia religiosa del exiliado. El Dios del exilio es inevitablemente un Dios que está por ver, un Dios latente. Mejor dicho: el Dios del exilio solo se hace presente en la fe del Moisés de turno. Un exiliado es, por tanto, aquel que permanece a la espera de Dios. La pregunta, sin embargo, es cómo puede articularse esa espera hoy en día, esto es, en los tiempos en los que ya no se puede dar por descontado que haya Dios.

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